Los que nos hicieron reír… y pensar

Por Argelio Santiesteban

   Pretender encarcelar al humor en una rígida definición es tarea tan execrable y de imposible realización como confinar a un gorrión en una jaula.

   Ya lo dijo el escritor español Enrique Jardiel Poncela (1901-1952): "Intentar definir el humorismo, es como pretender atravesar una mariposa, usando a manera de alfiler un poste telegráfico".

   Por su parte, el actor estadounidense Groucho Marx (1890-1977) comentó: "Humor es posiblemente una palabra; la uso constantemente. Estoy loco por ella y algún día averiguaré su significado".

   De todas maneras, muchos famosos osaron entregarnos un retrato, de cuerpo entero, de tan escurridizo ser.

   Así, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900)  -¡Dios mío, siempre tan taciturno!-  se atrevió a pronunciar estas palabras:  "La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar".

   Milenios antes, el poeta latino Horacio (65 AC-8 AC) dictaminaba: "El humor es una lógica sutil".

   Lo que resulta indiscutible es que el humorismo ha sido presencia traviesa en todas las literaturas del planeta.

   Ahí tiene usted dos ejemplos, dignos de antología, entre las gentes nacidas en la acera de enfrente.

   Mark Twain (1835-1910) cultivó un periodismo sencillamente suicida, corrosivamente humorístico.  A él no le bastaba, por ejemplo, con denunciar acremente a los políticos corruptos. En sus líneas iban nombres y apellidos. (Nunca me he explicado cómo logró morirse de viejo).

   Y Ambrose Bierce (1842- ¿1914?). Lo de este arrebatado era, según dice mi pueblo, tan cáustico como ácido de acumulador.

   ¿Les interesan un par de frasecitas de Ambrose the Bitter, o sea, Ambrosio el Amargo? Pues allá van: “En nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo de las preocupaciones del poder”.  Y la otra:“…conoció a un obispo tan viejo que era capaz de recordar una época en que colgarlo hubiera sido una injusticia”.

         Pero… regresemos a este lado de la acera

   Claro, sería incurrir en pecado mortal intentar un segundo descubrimiento del agua tibia. Por ejemplo, declarar que los cubanos cultivamos el humor durante las 24 horas del día. Y a lo largo de los 365 días de año. (366, si es bisiesto). En efecto, además de los logros de un Heredia, un Alvear o un Finlay, entre nuestras consecuciones se cuenta la chivadera cubiche.

   Al respecto existen nombres que no pueden ser olvidados. Ahí está Miguel de Marcos (1894-1954). Se graduó en Derecho Civil, quizás para hacer uso del pergamino del título como papel de toilette.

   Combinó su inconmensurable erudición con nuestra jodedera, al cultivar un estilo que él mismo calificó de pantunflar, por aquello de andar por casa, sin estiramientos ni protocolos.

   Y, en medio de la risa, se transparenta el hombre transido de dolor por los destinos patrios.

   En su novela Papaíto Mayarí (1946), le dedica estas palabras a su personaje protagónico: “Eres grande, Papaíto. Puesto que en Cuba empieza a no darse pie en la mierda, te has construido un intestino gótico”.

   Y véanse estas líneas, impregnadas de ironía: “La croqueta es una entelequia. No sabemos si tendremos una zafra decente. [...]. El guarapo vitaminado pone su bandera a media asta. No habrá arroz con frijoles en la Navidad. Pero hay que impedir que estos factores sombríos corrompan nuestra danza. Nuestra danza ha sido salvada por el golpe de bibijagua. Es la danza de las restricciones económicas. Es la danza del ayuno, de la penitencia. [...] Se baila así, así na má…”.

   Y le llega su turno a Eladio Secades (1908-1976).

   Aunque brillante periodista del deporte, no se le recuerda por ese desempeño, sino por sus Estampas, verdaderas joyitas del costumbrismo.

   Vayan, como botón de muestra, algunas de sus ocurrencias:

“Médicamente el rascabucheo puede ser incluido en el grupo de las enfermedades tropicales”.

“A pesar de nuestros intelectuales, el español no comprende bien el género afrocubano hasta que pasa una mulata sin refajo bailando la conga. Entonces reconoce que Guillén tiene talento”.

“Debe de ser terrible recibir un título de graduación y abrir los ojos ilusionados en un país donde produce más la charada que la cirugía”.

“Una tía honrada y vieja es como un editorial de andar por casa”.

   Y, para concluir con cierre dorado, llega Héctor Zumbado y Argueta (1932-2016).

    Algún semibiógrafo se atrevió a bosquejar un plano de sus periplos: “Estudiante de bachillerato en EE.UU, cuasi-graduado de comercial en Kentucky, aprendiz de torero, traductor comercial, cobrador de una firma de navegación y vendedor de laticas de jamón del diablo en Venezuela, auditor en una empresa de electricidad en Haití, archivero en una agencia de seguros, vendedor de equipos de oficina, mezclador en el laboratorio de una fábrica de desodorantes, publicista y teórico de la croqueta en Cuba”.

   Se especializó en la creación de neologismos. Así, para él, cuando una catástrofe tenía dimensiones tremendas, se convertía en una cagástrofe. Y de ese ser repulsivo que siempre le dice “sí” al jefe, ése que en inglés llaman un yes-sir, él lo definía como un sinflictivo.

   Era descendiente de familias oligárquicas centroamericanas. Y en los años ’50 vivió aquí a toda leche, como joven y exitoso publicitario. Pero se enamoró del proceso revolucionario cubano.

   Un día coincidimos, durante una zafra del pueblo, tumbando caña.

   Imagínense. Aquel flaquito enclenque, criado en aire acondicionado, bajo un sol que derretía hasta a las piedras.

   Ya exhausto, dejó caer la mocha y se sentó en un surco, mientras improvisaba una guarachita que decía:

“Arango y Parreño

eran dos señores,

trajeron la caña

los muy mar…”