Una década sin Florentino

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Una década sin Florentino
Por: Francisco González Navarro
28 de mayo del 2008
 
Si quienes queremos a Cienfuegos precisáramos alguna vez marcarnos una meta emocional, debiéramos proclamar: ¡quiero amarla tanto como la amó Florentino! Y los que pretendan, en cualquier lugar, hacer del bien y la bondad un sacerdocio, deben mirarse en el espejo de las arrugas del rostro de aquel hombre que nos dejó hace una década ya para instalarse definitivamente en su eternidad ganada.
Como una premonición de lo que iba a significar su casi nonagenaria existencia para la cultura de Cienfuegos y de Cuba, el niño Emiliano Florentino Morales Hernández vino a la Tierra en la noche del 5 de enero de 1909. Así que fue regalo de Reyes Magos para sus primerizos padres: Eulogio e Irene. El alumbramiento tuvo lugar en la finca Dagame, demarcada en el barrio de Yaguaramas, aunque el matrimonio vivía en otra propiedad rural cercana, llamada Diego.Algo nómada sería la familia Morales, engrosada luego con la llegada de los pequeños Isabel, José, Úrsula y Rolando. En el testimonio biográfico que casi al final de sus días, Floren dejó a Doris Era y José Díaz Roque para la revista Ariel, recordó el periplo que los llevó durante su primera infancia a los poblados matanceros de Calimete y Cantel.

Para 1919 residían en Yaguaramas, de donde el futuro escritor recordaba al maestro Tirso Giraud, un profesor muy flaco al que los discípulos sacaban de sus casillas pisándole los numerosos callos. Dos años más tarde anclaban en la finca La Angelina, por la vuelta de Matún, donde Don Eulogio compró una colonia que tributaba sus cañas a los molinos del central Cieneguita.Durante una clase de composición en la escuela de Matún, a los 13 años, lo visitó por primera vez la musa de la poesía. Dos hermosos camellos cierto día/ en un hermoso prado se encontraron/ y uno al otro con sorna le decía:/ que montaña tan grande te pegaron. Al final, la moraleja: A su vista, señores, no se atengan/ pues ningún camello su joroba ve/ aunque dos metros de tamaño tenga.
 
Del año 1922 guardaba un recuerdo indeleble. Su padre lo trajo a Cienfuegos. El Terry anunciaba La Fiesta de la Canción Cubana y en el parque Martí abundaban las fuentes con pececitos de colores.Mientras en su campiña de tierras rojizas leía a Verne y a Edmundo de Amicis, seguía probando suerte con versos y fabulaciones, hasta ver por primera vez su nombre en letra impresa. Corría 1924 cuando el Heraldo de Aguada publicó su soneto Bolívar y le colmó de elogios, que más tarde el propio autor sabría inmerecidos. Pero había dejador de ser un bardo adolescente e inédito.El deambular económico de la familia los llevó al batey del desaparecido ingenio Laberinto, en la zona de Abreus. Tratar de investigar y componer la historia del viejo trapiche resultó la aproximación inicial a la que luego sería pasión de su vida.

En 1927 la familia volvió a migrar. Esta vez al central Cieneguita, en la propia comarca abreuense, donde el joven poeta trabajó como tenedor de libros y cajero pagador, al tiempo que hacía las veces de corresponsal deportivo para el diario La Correspondencia. Al año siguiente la fábrica dejó de moler para siempre y el protagonista de esta historia consiguió empleo en la Junta Electoral Municipal.El semanario El Damujino, fundado en Abreus en 1930, lo tiene como responsable de su plana literaria. Ese mismo año intenta venir a Cienfuegos en ocasión de la visita del poeta granadino Federico García Lorca, pero los ahorros comunes con otros muchachos de inquietudes culturales no alcanzaron para sufragar el viaje.

 

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